sábado, 9 de julio de 2011

ALEMANIA 4 (1949 - 1990)



 LAS DOS ALEMANIAS (II)


ALEMANIA ORIENTAL

La respuesta de la URSS a la creación de la República Federal no se hizo esperar. El 7 de octubre de 1949 nació la llamada República Democrática Alemana (Deutsche Demokratische Republik = DDR). Se extendió sobre los 108.333 Km2 de la zona soviética de ocupación y contaba en 1990 con algo más de 16 millones de población estimada.

Su capital fue ubicada en el mismo Berlín, en el sector soviético, lo que constituía una irregularidad, pues todo Berlín estaba sujeto a un régimen de ocupación cuatripartita, y así lo entendieron siempre – y lo hicieron valer formalmente- los aliados occidentales.

Estuvo sometida a lo que los comunistas llaman ‘socialismo real’, encarnado en este caso (los nombres varían de una república popular a otra) por el SED (Unificación Socialista de Alemania). Después de Wilhelm Pieck (1946/50), fue Secretario del Partido Walter Ulbricht (1950/71), hombre de complicada y suspicaz  personalidad, que en cierto modo marcó el carácter del régimen dándole un tono estalinista más intenso que el de otros países del mismo carácter, incluso después de la muerte de Stalin en 1953. 

En 1971 asumió la Secretaría Erich Honecker, y la mantuvo hasta que todo el edificio empezó a resquebrajarse en 1989, momento en que pasó el testigo, ya por pocos meses, a Egon Krenz.

El régimen, vigilado con especial atención por los soviéticos, fue particularmente duro y muy acusadamente aislacionista; no daba desde luego ninguna facilidad para el viajero no comprometido que quería saber lo que ocurría.

Y lo primero que ocurrió, aparte de la colectivización llevada a cabo sin prisa pero sin pausa, fue, en junio de 1953, la rebelión abierta de numerosos obreros en protesta por las condiciones de trabajo; empezó en Berlín, se extendió a otras ciudades, se convirtió en protesta contra el sistema mismo, y acabó brutalmente aplastada por los tanques soviéticos.

Desde entonces no hubo sediciones abiertas hasta el último año del régimen, pero una notable parte de la población se dedicó a lo que se llamaría ‘votar con los pies’. 


En efecto, las fugas a  Occidente se multiplicaron, especialmente por Berlín, el lugar más fácil, y teniendo como más numerosos protagonistas a gente que, por su edad y por sus cualificaciones profesionales, constituían un sector cuya pérdida era una sangría cada vez más grave para el Estado. Durante las dos primeras semanas de agosto de 1961 emigraron 47.533 personas; entre 1949 y 1961, unos 3 millones, sin contar polacos y checos.


La situación llegó a ser tan intolerable para la DDR que Ulbricht consiguió al fin de los soviéticos  el permiso para hacer algo que sin duda sería efectivo, pero al mismo tiempo escandaloso, constituyendo ante el mundo un baldón para el país y para el sistema: la construcción de un muro que dividiese la ciudad berlinesa en dos compartimentos estancos. Por supuesto, fuera de Berlín la frontera entre las dos Alemanias estaba ya cerrada y bien cerrada, pero eso resultaba menos aparente que seccionar un organismo vivo como era la  capital tradicional.

Por supuesto también, en tiempos más recientes, se ha levantado algún otro muro sin que los grandes medios de difusión hayan prestado demasiada atención al asunto, pero digamos que aquél era el primero.

El encargado de la operación fue Honecker, futuro Primer Secretario.  Se empezó a levantar, por sorpresa, el 13 de agosto de 1961, con explicación oficial de que su causa era salvaguardar a la pacífica población de la DDR de la penetración de espías y agentes saboteadores procedentes del otro lado. 

Andando el tiempo, fue ensanchado, reforzado y provisto de diversas lindezas; separó familias, amigos, cortó calles, afectó gravemente al sistema de comunicaciones y muchas cosas más, pero, desde un punto de vista pragmático, resultó efectivo.

Fue un escándalo mundial que rindió buenos réditos, ya que la sangría cesó. Hasta el final siguió  habiendo fugas e intentos abortados de huída, a menudo sangrientos y casi siempre ingeniosos, pero eso estaba asumido de antemano. El número de fugas fue de aproximadamente 5.000, con 192 muertos por disparo y 200 gravemente heridos.


La eficiencia germana, puesta de manifiesto – ya lo hemos visto – en otras ocasiones, estuvo en el origen de la casi perfección obtenida por la DDR en las artes de la propaganda y del control y vigilancia de la población. De la propaganda volveremos a hablar luego. 

En cuanto al otro punto, la DDR, no sólo formó uno de los sistemas de espionaje exterior mejores del mundo, capaz de llegar hasta el círculo próximo del canciller federal Willy Brandt (lo que provocó su dimisión), sino que creó y casi se identificó con la Stasi (Staatsicherheit =Seguridad del Estado).

La población conocía- y temía – a la Stasi, pero lo que no conocía era la increíble extensión de su  red de confidentes. Y lo que sí sospechaba era que la denegación o el indefinido aplazamiento de cosas que pueden hacer algo más agradable y llevadera la vida, tenía que ver con ella. 


Las sospechas se transformaron en certezas cuando, después de la Reunificación, se abrieron al público, tras pensarlo y  discutirlo, los archivos de la siniestra institución: muchísimos ex –ciudadanos de la DDR quedaron helados al comprobar cuán próximos, allegados y aparentemente dignos de confianza podían ser los denunciantes e informantes. No es difícil imaginar las repercusiones en las relaciones y en la vida social, que todavía son apreciables.

En lo que se refiere a la vida económica, los precios y sueldos eran establecidos por el Estado,  como corresponde a un régimen de esas características; los artículos de primera necesidad estaban subvencionados y tenían un precio uniforme; pero los bienes de consumo que podían ser exportados (normalmente a otras democracias populares) eran muy caros para el nivel adquisitivo de la gente, y a menudo de calidad inadmisible en Occidente. No olvidemos, por ejemplo, que el coche ‘Trabant’, convertido luego en símbolo por los nostálgicos, tenía la carrocería de cartón  prensado.


La construcción de viviendas, aun de tamaño muy reducido, contaba con limitaciones por la escasez de materiales, aunque, dado el crecimiento de las quejas al respecto, el Estado hizo un esfuerzo en los años ochenta. Por lo demás, la dependencia del petróleo soviético era absoluta.

Las diferencias salariales eran pequeñas y, a causa de la constante escasez de bienes de consumo, en la vida diaria apenas se podían diferenciar los status sociales. La vida no era miserable, pero sí gris, aburrida y algo triste, aparte de tener que contar, en todo momento, con los ojos y oídos omnipresentes del Gran Hermano.

Había (o hay) otra diferencia curiosa entre los alemanes de uno y otro lado. Los occidentales fueron sometidos desde 1945 a una sistemática y continua operación de lavado de cerebro para convencerlos de lo malos que habían sido (ahora se ha puesto de moda decir ‘los nazis’, en lugar de ‘los alemanes’, pero se trata de lo mismo; llevamos casi 70 años y continuando). Como lógico  resultado, se ha creado una cierta conciencia colectiva de culpabilidad en gran parte de los alemanes occidentales. 


Pues bien, nada parecido ocurrió en la DDR: la omnipresente propaganda hizo saber a los ciudadanos (y de esto sí que se enteraron muy bien) de que los ‘malos’, los que habían hecho cosas feas, eran los del otro lado, mientras que ellos estaban cubiertos por el manto purificador  del marxismo – leninismo, amplio como la capa de Luis Candelas, que operaba una especie de redención político – moral con efecto retroactivo.


Estaba mal visto hablar con extranjeros, pero quien esto escribe puede atestiguar que casi siempre fue tratado con amabilidad (con pocas excepciones ligadas a la burocracia del sistema), e incluso, en los complicados pasos fronterizos, con cortesía, aunque fría.

La propaganda actuó con eficacia y, basándose también en un uso ‘despreocupado’ de las estadísticas, realizó otro milagro alemán: convencer a buena parte del mundo occidental de que las realizaciones económicas de la DDR eran maravillosas, llegándose a afirmar que se había convertido en la 10º potencia industrial del mundo.

Naturalmente, el montaje no resistió la  caída del Muro: cuando los expertos de la Alemania Occidental pudieron ir allí, convencidos de que era verdad al menos gran parte de lo que se había dicho, vieron con desconcierto que ‘el Rey estaba desnudo’ y que había poco que hacer: grandes establecimientos industriales con maquinaria obsoleta, plantilla insostenible por sobredimensionada, burocratismo omnipresente, falta de fondos de pensiones… Contra lo que se había pensado, aquello no resultaba viable.

No obstante, la cuestión hay que plantearla en su contexto: para Europa Oriental, la DDR era el país más desarrollado, superando incluso en algunos aspectos a la propia URSS, y esto sí fue mérito de los alemanes orientales, pero el sistema no se sostenía; por eso cayó.

Pero hemos adelantado acontecimientos. 


En el verano de 1989, cantidades importantes de alemanes orientales, que pasaban unas vacaciones en Hungría, se amontonaron como refugiados en embajadas occidentales, creando tal problema, ante la impotencia del gobierno de la DDR, que al fin los húngaros autorizaron su traslado, en trenes cerrados, a Occidente. En Checoslovaquia comenzó a pasar lo mismo. El sistema se cuarteaba, aunque muchos ciudadanos de la DDR, deseosos de cambiar el régimen, creían que había que hacerlo desde dentro, y que aquello era una deserción.

En Octubre empezaron las manifestaciones, en cuya organización tuvo parte no desdeñable la Iglesia Luterana. La del 16 de Octubre, en Leipzig, no solamente fue masiva, sino decisiva: había notable miedo por ambas partes, y no se sabía lo que podría pasar; en el momento definitivo, la policía no actuó. La del 4 de Noviembre, en Berlín, fue ya una manifestación autorizada. 

El momento clave tuvo lugar el 9 de Noviembre, de forma inesperada: por una falta de coordinación entre órganos del Gobierno y una noticia confusa dada en una conferencia de prensa, miles de berlineses orientales creyeron que ya podían pasar el Muro, y se arremolinaron ante él. Los policías, sorprendidos, no supieron cómo reaccionar y los dejaron pasar, en medio de un gran jolgorio popular. El famoso Muro se había roto y, como después se vio, la Unificación era sólo cuestión de tiempo, y no muy largo. La negativa de Gorbachov, en su viaje a Berlín, a respaldar al régimen, fue el golpe de gracia.

La DDR se preocupó mucho de la promoción del deporte y de los éxitos deportivos, que fueron abundantes; lástima que se comprobase luego que estaban con frecuencia ligados al uso de esteroides anabolizantes.

En el aspecto cultural, la protección y conservación del patrimonio dejó bastante que desear. En literatura, el ídolo fue Bertolt Brecht, que en realidad pertenece a una época anterior, pues murió en 1956. Se rodó una gran cantidad de películas, constituyendo una curiosa especialidad los “Western Rojos”, en que el argumento giraba siempre en torno a indios perseguidos y maltratados, utilizándose a yugoslavos para hacer de indios. 

Vale la pena mencionar la calidad de la música del himno nacional, 'Auferstanden aus Ruinen' ('Alzados de entre las ruinas'), que se propuso, sin éxito, como himno nacional tras la reunificación, se supone que cambiándole la letra.

El Gobierno dio importancia a la filatelia, considerada como instrumento de propaganda. Por eso la DDR emitió sellos con gran profusión (2968 de correo ordinario entre 1950 y 1990, frente a 1308 de la República Federal). Son de muy buena calidad, más espectaculares que los de la BRD, aunque la temática propagandística resulta excesiva. Se da también mucha importancia a las ferias de Leipzig, principal acontecimiento comercial del país. En círculos filatélicos occidentales se criticó bastante la práctica viciosa de emitir muchos menos ejemplares de uno de los de la serie (no necesariamente el de mayor valor nominal) para hacer subir el valor conjunto de la serie entera¸ pero se trata en realidad de un pecado venial, teniendo en cuenta las cosas que se hacen con emisiones filatélicas en tantas otras partes del mundo.

1 comentario:

  1. Me encantó lo de los Westerns Rojos. Desde luego, la historia de Alemania en el siglo XX ha ido de la excelencia a la villanía (de derechas y de izquierdas) más profunda. Un buen resumen de la República "Democrática".

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