miércoles, 20 de marzo de 2013

ARABIA SAUDITA



ARABIA SAUDITA        Oriente Próximo

Los orígenes de lo que más tarde se llamaría estado saudí o saudita, hay que buscarlos hacia 1750. Un gobernante local, Muhammad ibn Saud, unió sus fuerzas con un reformador islámico, Al-Wahhab, creador de la secta del wahabismo, caracterizada por la interpretación más radical e intransigente de la doctrina sunní.

Durante los siguientes 150 años, la suerte de la familia ibn Saud experimentó altibajos. En 1902 conquistó Riad, capital ancestral de la dinastía. Tras la Primera Guerra Mundial, el levantamiento, instigado por los británicos, contra los turcos, le valió la zona costera que éstos ocupaban, con las ciudades santas de la Meca y Medina (aunque es de notar que la guarnición turca de Medina continuaba resistiendo cuando se firmó el armisticio).

Continuando sus conquistas frente a otras tribus árabes, Abdelaziz ibn Saud se proclamó rey de Hedjaz el 8 de enero de 1926. El 29 de enero de 1927 tomó también el título de rey de Nedjed. El 20 de mayo de 1927, el Reino Unido, potencia entonces dominante en la región, reconoció la independencia del que recibió el nombre inicial de ‘reino de Hedjaz y Nedjed’.

  
Hedjaz                                      Nedjed                        Hedjaz&Nedjed

En 1932, ambas regiones se unificaron como Reino de Arabia Saudita. Pronto el país quedaría transformado por el descubrimiento del petróleo en 1938.


ARABIA SAUDITA


Capital: Riad.
Forma de gobierno: Monarquía absoluta/ teocracia.
Reunificación: 23 de septiembre de 1932.
Superficie: 2.149.690 Km2 (14º).
Población: 26.534.504 hab.(46%)    Densidad: 12,34 hab/Km2
PIB/cápita: 25.700$ (54º)
Miembro de: OPEP, Liga Árabe.
La población incluye 5.576.076 residentes sin nacionalidad.

Ocupa el 80% de la península arábiga, con fronteras no siempre bien definidas. La mitad del país está deshabitado por ser un desierto con temperaturas extremas (sólo algo suavizadas en la costa) y pocos oasis. Las ciudades de la Meca y Medina, con multitudinaria recepción de peregrinos, son importantes, estando tajante y absolutamente prohibida la entrada en ellas a cualquier no musulmán.

Su principal puerto es Jeddah, en el mar Rojo, próximo a la Meca.

Es una monarquía absoluta y teocrática, un estado feudal en el cual la dinastía de los ibn Saud gobierna concentrando toda la autoridad. El Corán es la Constitución del país, que por supuesto se rige por la ley islámica o Sharía. No existen partidos políticos ni elecciones (salvo las municipales celebradas por primera vez en 2005).

El rey, aun siendo absoluto, debe de hecho mantener un consenso con otros miembros de la familia real, con los líderes religiosos (ulemas) y algunos importantes miembros de la sociedad. 

La ideología del estado es el salafismo, que pretende la extensión del Islam a todo el planeta y por ello promueve sin cesar, con inagotables fondos provenientes del petróleo, la construcción, en todos los continentes, de mezquitas y escuelas coránicas (medersas).

Los principales miembros de la familia real son los encargados de elegir al siguiente rey, siempre dentro de la misma familia. Desde 1953, un Consejo de Ministros designado por el rey y responsable ante él, desarrolla la política gubernamental.

Los tribunales (siempre religiosos) son igualmente de designación del monarca, que actúa como Tribunal de Apelación y se reserva el derecho de otorgar perdón. Los tribunales saudíes imponen, aparte de la pena capital, penas corporales, incluyendo amputaciones. El gobierno rechazó tajantemente en 2002 la condena del Tribunal de la ONU contra la tortura.

Existe una estricta segregación en función del sexo y una numerosa Policía Religiosa, que puede hacer cosas como detener a un hombre y mujer no parientes por estar juntos en la calle, confiscar objetos prohibidos (tales como CDs de música occidental o películas), e incluso penetrar en los domicilios para comprobar que no se está realizando en ellos cualquier tipo de oración, aun privada, que no sea musulmana. 

Las mujeres no pueden salir de casa sin autorización ni conducir, ni tampoco subir a los transportes públicos sin ir acompañadas de algún hombre de la familia, exceptuándose el avión (vaya usted a saber por qué). A las horas del rezo se cierran las tiendas y se suspenden los programas de TV (salvo en los grandes hoteles). El alcohol y el cerdo son ilegales. El teatro y el cine están prohibidos. El ayuno del Ramadán es también obligatorio para no musulmanes que estén o residan en el país, so pena de expulsión inmediata.

No existe turismo de recreo; el visado sólo se concede para negocios, trabajo o visitas a familiares, siempre previa invitación o presentación de un avalista. No se puede practicar otra religión que la musulmana, incluso en privado; la presencia de templos o la tenencia de objetos religiosos está prohibida, y esto afecta también a los numerosos residentes asiáticos no musulmanes que residen en el país. Incidentalmente diremos que hay menos de 100.000 occidentales.

Ni que decir tiene que la economía está basada en el petróleo; las reservas eran en 2003 el 24% de las conocidas. Los pozos están cerca de la orilla del Golfo Pérsico. Es el primer exportador, representando el crudo el 75% de los ingresos presupuestados.

El desempleo es alto: 28,2%.Actualmente, más del 95% de la población es sedentaria y tiene una tasa de fertilidad de 2,26 hijos/mujer. Las concentraciones urbanas son importantes (Riad cuenta con más de 7 millones de habitantes), y el deterioro ecológico debido al petróleo, grave. La esperanza de vida es de 74,35 años, y la alfabetización, del 86,6%.

La mera descripción del país resultaría incompleta sin algunas consideraciones (aun sucintas) sobre el momento político actual.

Existe algo turbio en las relaciones entre Arabia Saudita y los EE.UU. Relaciones que comenzaron con el encuentro que tuvo lugar en la primavera de 1945 entre el presidente Roosevelt y el rey Ibn Saud, en el que se llegó a un entendimiento: petróleo barato para los EE.UU., y protección y amistad por parte de éstos para el estado árabe. Desde ese momento, la tradicional influencia británica comenzó a declinar en favor de la americana. Arabia Saudita pasó a ser un ‘estado amigo’ dentro del mundo árabe.

Sin embargo, algo no estaba tan claro. Para empezar, el petróleo no siempre fue tan barato; Arabia Saudita siempre ha sido el principal defensor en la OPEP del sistema de reducir producción para subir los precios. Pese a ello, un 20% del petróleo importado por los EE.UU. procede de ese país. La amistad llegó ciertamente a manifestarse, en tiempos de la amenaza de Sadam Hussein, en el hecho insólito de que los americanos establecieran instalaciones militares en Arabia Saudita, y en el no menos insólito de que un Estado como ése las admitiera.

Pero, poco a poco, se ha ido percatando un sector de la opinión americana de lo contradictorio entre los principios que su país aduce defender, y el carácter, no sólo teocrático, sino inmundamente contrario a los derechos humanos que el régimen saudita, como se ha visto, presenta.

Más aún, el hecho de que 11 de los 15 implicados en los atentados del 11 de septiembre procedieran de Arabia Saudita, llevó a pensar en la posible relación de al menos algunas de las mezquitas tan generosamente construidas y dotadas por el país en cuestión en todas partes, con el nacimiento y desarrollo de focos radicales, potencialmente terroristas.

El paso siguiente fue preguntarse si Arabia Saudita, tan pródiga en financiar a Al-Qaeda en los primeros tiempos, no habría sido, ocultamente, pródiga en seguir financiando después a la siniestra organización. Se ha señalado asimismo que, si se invadió Afganistán porque los talibanes resultaron ser unos fanáticos peligrosos, también los sauditas lo son, aunque, eso sí, mejor presentados.

En todo caso, también Arabia Saudita tiene sus quejas y temores. Políticos americanos han declarado, por supuesto no oficialmente, que lo peor para ellos no sería un derrocamiento rápido del régimen saudita (pues, caso de haberlo, los sucesores seguirían vendiendo petróleo, ya que no tienen otra cosa), sino una situación de inestabilidad con huelgas y sabotajes persistentes que perjudicaran la producción.

Pero los gobernantes sauditas sí temen ante todo el golpe que derribe el sistema. Una princesa de la Casa Real saudí se soltó el pelo (valga la expresión) y publicó, naturalmente en el extranjero, un libro lleno de indiscreciones; por ejemplo, que todo personaje importante de la Familia tiene permanentemente preparado un jet (se supone que también fondos líquidos o fácilmente liquidables) para salir volando, nunca mejor dicho, si las cosas se pusieren mal.

Para decirlo claro: a quien temen los gobernantes del país es a la minoría chiíta (que haberla, haila, y ya ha protagonizado incidentes de no poca monta en la mismísima Meca). Por eso se ponen nerviosos cuando los chiítas (siempre potencialmente apoyados por Irán) levantan cabeza en alguno de los estados ‘vasallos’.

Y eso es precisamente lo que ha ocurrido en 2012 en Bahrein, aunque la prensa y la opinión internacionales estaban mucho más atentos a Túnez y a Egipto. La población, mayoritariamente chiíta, se alzó contra el rey, el gobierno y la policía (todos sunnitas) pidiendo una monarquía parlamentaria, y algunos la república.

El presidente Obama se mostró vacilante y acabó quedando mal con todos; tomadas las medidas para proteger la base donde se encuentra el Cuartel General de la V Flota, terminó por preconizar ‘una reforma limitada’. Los sauditas, sin pensárselo más, intervinieron militarmente en favor del rey sunní, y la cuestión acabó allí. Por el momento, y dejando mal sabor de boca a unos y otros.


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