martes, 14 de enero de 2014

SUDÁN. SUDÁN DEL SUR.


SUDÁN


Capital: Jartum
Forma de gobierno: Rca. Federal presidencialista
Fecha de independencia (de Egipto/Reino Unido): 1 de enero de 1956
Superficie: 1.861.484 Km2 (16º)
Población: 34.847.910 hab (36º)       Densidad: 18,7 hab/Km2
PIB/cápita: 2.600 $ (181º)
Miembro  de: Liga Árabe, UA

En las primeras noticias llegadas a nosotros, el territorio sudanés aparece con el nombre de Nubia, que designa en la actualidad sólo a una zona del Sudán septentrional cubierta hoy en parte por las aguas del Lago Nasser, formado por la presa de Asuán.

En la lengua de los antiguos faraones, ‘nub’ significa oro, que, como es sabido y a consecuencia de la codicia humana, suele ser causa de guerras, invasiones y deportaciones. Todos estos males se abatieron sobre las tierras de que tratamos; el pueblo nubio fue reserva de esclavos para Egipto, que influyó en su cultura y, a su vez, al final del periodo faraónico, fue influido por ésta.

Más tarde, cuando se produjo la expansión del Islam, Sudán estuvo más o menos sometido a los mamelucos de Egipto y después al Imperio Otomano. En definitiva, el territorio quedó sumido en el olvido.

A partir de 1820, Mehmet  Alí, originario de Albania, pachá de Egipto y sólo teóricamente súbdito del sultán otomano, emprendió por su cuenta una campaña expansionista de amplias miras. No procede detallar aquí todos los objetivos de la misma, sino únicamente constatar la pretensión de dominar todo el Sudán, incluso su extremo Sur, conocido entonces por el nombre de Ecuatoria.

Esta última era empresa difícil, no sólo porque la vía fluvial del Nilo, al sur de la confluencia de sus dos brazos en Jartum, quedaba interrumpida por  extensas ciénagas cubiertas de vegetación, sino también porque Ecuatoria era tierra lejana a la que prácticamente no había llegado el Islam (aunque sí algo el cristianismo), dividida en tribus; tierra donde florecía el comercio de esclavos, en el que participaban mercaderes árabes, jefes locales y formaciones militarizadas de antiguos esclavos que no obedecían sino a sus propios jefes (algo así como los mamelucos medievales). El lector avisado habrá adivinado que nos estamos refiriendo a lo que hoy es el estado de Sudán del Sur.

Los egipcios dividieron todo el Sudán en diversos territorios guarnecidos por tropas de dudosa eficacia, con frecuencia encuadradas por oficiales otomanos, a los que los sudaneses odiaban. Al frente de algunos de esos territorios colocaron, siguiendo una práctica insólita hoy, pero normal en la época, a jefes militares de prestigio procedentes de diversos ejércitos europeos. Uno de ellos era el general Gordon.

Gordon  no era, contra lo que a veces se cree, un aventurero, sino que había seguido una carrera convencional en el ejército británico, distinguiéndose en la guerra de Crimea y participando en la tarea de fijación de fronteras en Besarabia. Después, contratado por el emperador chino, se distinguió aún más en la larga y feroz guerra civil Taiping. Era hombre de profundo sentido del deber y acendradas convicciones religiosas.

Desempeñó cargos militares en el sur del Sudán entre 1874 y 1879. En 1884, cuando ya los intereses británicos y egipcios coincidían, aceptó por sugerencia del gobierno inglés la defensa de Jartum, amenazado por los llamados derviches, protagonistas de un extenso y feroz movimiento de rebelión del tipo que hoy llamaríamos fundamentalista islámico, comenzado en 1881 y dirigido por Muhammad Ahmad, que asumió el título de ‘Mahdí’, que equivale a ‘enviado de Alá al final de los tiempos’.

Téngase en cuenta que, en 1882, Gran Bretaña había ocupado militarmente Egipto, con pleno desprecio del Derecho Internacional, imponiéndole un protectorado que resultó muy efectivo, no como la teórica subordinación a la Sublime Puerta. 

Naturalmente, lo que más le interesaba a Inglaterra era controlar el canal de Suez, en la ruta hacia la India, pero, de hecho, intereses egipcios y británicos estaban ya entrelazados y van a seguir estándolo hasta 1956.

Al gobierno inglés no interesaba en aquel momento comprometerse en el lejano Sudán. Por eso ‘envió’ sólo a Gordon, que quedó sitiado en Jartum con sus insuficientes tropas egipcias. Después las  presiones y protestas de la opinión pública obligaron a enviar tropas que, tras notables retrasos, llegaron demasiado tarde: el 26 de enero de 1885 Jartum cayó y Gordon resultó muerto, convirtiéndose en un mito.

Inglaterra se tragó el sapo y retiró las tropas. Dos meses después de su victoria murió el Mahdí, pero tuvo sucesores. La región siguió en poder de los derviches, que convirtieron Ondurmán, lugar de enterramiento del Mahdí y meta de continuas y masivas peregrinaciones, en el centro más poblado del Sudán, junto a la casi fantasmal y semivacía Jartum.

Pero en 1899 las circunstancias habían cambiado e Inglaterra estaba decidida a apoderarse del Sudán. No sólo nos hallamos en la fase álgida de la ‘carrera colonial’, sino que en ese momento parecía factible el gran proyecto de la línea férrea El Cairo– El Cabo, ideado por Cecil Rhodes como una especie de columna vertebral de los dominios británicos en África Oriental y Meridional. Tal proyecto exigía el dominio del Sudán, de norte a sur. El ferrocarril en cuestión nunca llegó a construirse, pero el proyecto jugó su papel.

Había otra razón conectada con ésta: la ambición francesa de construir a su vez otro ferrocarril Brazzaville– Djibouti, uniendo sus posesiones atlánticas con el Mar Rojo, lo que implicaba apoderarse de al menos una parte del Sudán. Como Inglaterra no estaba dispuesta a tolerarlo, esto llevó al ‘incidente de Fachoda´, del que en seguida hablaremos.

Un ejército angloegipcio, apoyado por cañoneras, remontó el Nilo. Iba dirigido por Kitchener, al que ya hemos aludido en otra entrada a propósito de su posterior intervención en la guerra boer. La victoria decisiva se obtuvo en Ondurmán, el 2 de septiembre de 1898, restando ya después únicamente operaciones de limpieza.

Diremos como inciso que esta campaña, en la que por cierto participó un joven oficial llamado Winston Churchill, sirvió de telón de fondo a una de las más celebradas novelas de la época, ‘Las cuatro plumas’, de A.E.W. Mason, llevada en varias ocasiones a la pantalla.

Kitchener prosiguió río arriba con sus tropas. Pocos días después, el 18 de septiembre, el nombre de Fachoda saltó a las primeras páginas de los periódicos. Era una pequeña aldea en la orilla del río, donde los británicos se encontraron con la misión francesa del comandante Marchand (150 fusileros africanos dirigidos por oficiales franceses), que tenía el objetivo ya señalado antes y esperaban refuerzos de Djibouti. Habían llegado el 10 de julio.

Kitchener intimó al francés a que se retirara. Marchand se negó a hacerlo sin instrucciones expresas de su gobierno, y unos y otros se atrincheraron frente a frente. En el lugar no se disparó una sola bala, pero la histeria nacionalista e imperialista estalló en Londres y en París. 

El poder naval británico, esencial en un eventual conflicto tan lejano, determinó que Francia cediese (3 de noviembre), pero la excitación chauvinista perduró algunos años. Por esa razón, la ‘Entente Cordiale’, alianza encaminada a formar un frente común en la ya más o menos prevista guerra contra Alemania, no se formalizó hasta 1904, y eso por la bien conocida afición de  ‘Eddie’ (entiéndase el nuevo rey inglés Eduardo VII) a la vida nocturna y a los burdeles de lujo de París, que lo convirtió en un embajador muy especial.

Quedémonos con el dato de que fue en 1904 cuando Francia reconoció el condominio anglo-egipcio sobre el Sudán, a cambio de que el Reino Unido le reconociera a su vez manos libres en Marruecos, otra pieza apetecida y discutida del rompecabezas africano.

Cuando en 1922 Gran Bretaña reconoció (formalmente, pero continuando la ocupación militar) la independencia de Egipto, el nuevo reino reivindicó inmediatamente sus antiguos derechos sobre Sudán; la respuesta británica fue decretar la expulsión de todos los funcionarios egipcios.

Sin embargo, en 1953, un acuerdo anglo-egipcio estipuló que Sudán alcanzaría la independencia en 1956. El motivo de esta decisión era la primacía del partido independentista sudanés (apoyado por Londres) sobre el filoegipcio.

Así, el 1 de enero de 1956 nació el Sudán independiente; pero nació con una pesada hipoteca: la oposición entre las regiones septentrionales, arabizadas y de religión islámica, y las meridionales, de población negra y de religión cristiana o de creencias animistas.

Ya el año anterior a la independencia, los sudaneses del sur se embarcaron en la llamada Primera Guerra Civil Sudanesa.

Después de 1956, se sucedieron una serie de gobiernos, entre ellos uno militar de 1958 a 1964, ninguno de los cuales logró la aceptación de una constitución permanente ni solucionó los problemas de facciones en pugna, estancamiento económico y disidencia étnica y religiosa del Sur, representando éste el 30% de la población total del país.

Motivo de fricción fueron también las diferencias económicas entre una zona y otra, pues, durante el régimen colonial británico, la atención se centró en la zona norte.

La insatisfacción culminó en un segundo golpe militar en 1969; su líder, el coronel Al Numeiry, se convirtió en primer ministro, aboliendo el parlamento e ilegalizando todos los partidos. Siguieron más años de consabidos roces militares entre las zonas septentrional y meridional.

En 1972 parece asomar un signo positivo: Al Numeiry creó un estado federal que incluía tres departamentos autónomos en el Sur, llegándose incluso a un acuerdo para el reparto de las utilidades del petróleo, tema éste del que ya hablaremos. Pero en 1983 vino la marcha atrás, de la mano del auge del fundamentalismo islámico: además de implantarse la sharia o ley islámica, se suprimió el federalismo del Sur, lo que a su vez provocó la Segunda Guerra Civil.

Debido a la escasez de combustible y pan, a la insurgencia creciente de los meridionales, a la sequía y consiguiente hambruna, tiene lugar en abril de 1985 otro golpe dirigido por el general Al Dahab, que restauró un gobierno civil. Sin embargo, la continuación de los problemas una y otra vez citados determina que, en 1989, el general Omar Al Bashir se convierta en presidente y jefe del estado, primer ministro y comandante de las fuerzas armadas.

Al Bashir sigue hoy en el poder. Aunque el régimen se autodefine como federal, democrático y representativo, si bien que presidencialista, la opinión pública internacional lo califica cuando menos de autoritario, teniendo en cuenta el control que el Partido del Congreso Nacional ejerce sobre todas las ramas y sectores de la población desde su fundación en 1996.

Por si las mieles y delicias ya citadas de esta tierra, al Este del Edén, fueran pocas, en 2003 se inició en el oeste el conflicto de Darfur, que merece ser tratado luego separadamente.

Por fin se celebró en el sur el año 2011 un referéndum preparatorio de la escisión del país en dos territorios nacionales, uno al Norte musulmán y pro-árabe (lo repetiremos una vez más), y otro al Sur de tendencia tradicional, cristiana y animista. Votaron por la escisión el 98,83% de los electores que concurrieron a las urnas en cantidad muy superior al requisito de 60% de participación.


Así nació el 9 de julio de 2011 Sudán del Sur, del que ya nos ocuparemos. Hablemos ahora un poco del conflicto de Darfur.


Darfur es una región situada al oeste del Sudán, fronteriza principalmente con el Chad, y cuenta con 493.180 Km2. Se trata de una meseta árida, desierto de arena al N y sabana al S.

Allí se produjo un violento enfrentamiento, que sigue todavía hoy su curso, entre los Yanyauid, milicianos formados por miembros de las tribus Abdala (criadores de camellos de etnia árabe), y por otra parte miembros de las tribus Baggara, principalmente agricultores. No hay aquí diferencias religiosas; todos son musulmanes.

Parece a primera vista una variante africana del enfrentamiento entre ganaderos y agricultores, con intereses opuestos, que nos han presentado tantas películas norteamericanas, aunque aquí con dimensiones brutales en cuanto a número de participantes y armas utilizadas. Pero el hecho de que los agricultores sean negros y de que el gobierno de Jartum decidiera en su momento apoyar a los milicianos Yanyauid, incluso con aviación, aun sin reconocerlo oficialmente, da al conflicto un cierto hedor de limpieza étnica racista.

A los lectores aficionados al cine se les recuerda que en la película ‘El jardinero fiel’, basada en la novela de Le Carré, se visualiza con realismo uno de los típicos ataques de esta guerra, no menos real por el hecho de no haber sido declarada.

No existe acuerdo en cuanto al número de muertos hasta la fecha; la cifra que parece más correcta es de 400.000, aparte de más de 2 millones de refugiados, sobre todo en Chad. La Unión Africana envió en 2004 tropas de interposición, y la ONU se hizo cargo de esa tarea a fines de 2007, pero ni unos ni otros parecen haber conseguido gran cosa.

El conflicto, que parece inacabable, ha provocado además tensión en las relaciones entre Sudán y Chad, acusándose mutuamente ambos países de violaciones de la frontera. 

La ONU, como tan a menudo sucede, no se ha mostrado muy ágil, en todo caso menos que el Tribunal Penal Internacional de Justicia, que ha acusado al presidente Bashir de crímenes de guerra, acusación por lo demás de carácter meramente moral y no efectivo.

Como cabe suponer, la pobre infraestructura de los transportes y la falta de apoyo del gobierno de Jartum han obstaculizado de forma crónica la asistencia humanitaria a las poblaciones civiles afectadas.

Una pincelada geográfica referida al Sudán actual, después de la secesión: está constituido fundamentalmente por una meseta vasta y plana, recorrido de S a N por el Nilo. Al sur y a poca distancia de Jartum se unen los dos brazos del gran río. Desde el SE llega el Nilo Azul, de las montañas de Etiopía, con curso más rápido y mayor caudal. Desde el SO llega el Nilo Blanco, que nace en el lago Victoria, brazo más largo y de curso más tranquilo.

La meseta, con una altitud media de 400 m, se eleva gradualmente hacia el NE, a lo largo de la costa del Mar Rojo, formando un reborde que llega a los 2.260 m. El Oeste está formado por amplias superficies tabulares y por alturas planas debidas a la erosión diferencial.

El clima es desértico o estepario, según zonas, con marcados caracteres de continentalidad. Sólo la franja costera del Mar Rojo presenta cierta influencia marítima, pero en todo el país las precipitaciones medias anuales no pasan de 370 mm.

Es una nación extremadamente pobre, enfrentada, como hemos visto, con conflictos sociales, guerras civiles y con la secesión de una región que proporcionaba ¾ de la producción petrolífera. El petróleo supuso un porcentaje importante del PIB desde que comenzó a ser exportado en 1999. Durante casi una década, Sudán se benefició del incremento de la producción, la subida de precios del crudo e inversiones sustanciosas del extranjero.

Desde 2011, aun contando con algunos pozos y con los derechos de paso del petróleo de Sudán del Sur (país sin costas) hasta los puertos de embarque, sigue por el momento planteado el reparto de beneficios entre los dos países.

Sudán trata de aumentar otras fuentes de ingresos, como la producción de oro y algodón, al tiempo que pone en marcha un plan de austeridad para reducir gastos. Pese a ello, el valor de su divisa sigue descendiendo.

Los conflictos persistentes y la falta de infraestructura básica, permaneciendo la mayor parte de la población ligada a la agricultura de subsistencia, hacen prever que buena parte de ella se mantendrá bajo la línea de pobreza en los próximos años.

En Sudán conviven mejor o peor 597 tribus que hablan unas 400 lenguas o dialectos, y que, desde el punto de vista cultural se pueden agrupar así: africanos negros arabizados (pero también árabes de origen egipcio, no negroides) y africanos negros no árabes.

Las lenguas oficiales son el árabe y el inglés; está en marcha un programa de ‘arabización’. Casi toda la población son musulmanes sunníes. La población urbana es de sólo un 33,2%.

La fertilidad es de 4,05 hijos/mujer, y la esperanza de vida, 63 años. La tasa de alfabetización, si decidimos creerlo, del 72%.



SUDÁN DEL SUR


Capital: Juba
Forma de gobierno: República
Fecha independencia (de Sudán): 9 de julio de 2011
Superficie: 644.329 Km2 (42º)
Población: 11.090.104 (77º)    Densidad: 17,2 hab/Km2
PIB/cápita: 1.100 $ (212º)
Miembro de: UA (solicitado ingreso en la Commonwealth)

Las fronteras del más reciente estado independiente del mundo no están aún totalmente fijadas. Existen dos zonas disputadas: al norte Abyel, con Sudán, estando previsto un plebiscito en fecha sin determinar; al SE el triángulo de Ilemi, con Kenia.

No es necesario repetir una vez más el rosario de diferencias, enemistades e incluso guerras que llevaron a la secesión en 2011 de las provincias otrora designadas con el nombre genérico de Ecuatoria. Se trataría de un final feliz, utilizando una expresión un tanto vulgar, si los neonatos al concierto de naciones, provistos ya de ese documento internacional de identidad que es la admisión en la ONU, se hubieran dedicado en paz a consolidar y desarrollar su nueva nacionalidad tan difícilmente conseguida.

Por desgracia, no ha sido así. Prácticamente desde el primer momento, ahora en esta zona, ahora en esotra, ha habido turbulencias, agitaciones e incluso situaciones tan curiosa como la práctica habitual del abigeato (cuatreros, para entendernos mejor) por alguna tribu a costa de las vecinas.

Pero lo que empezó el 15 de diciembre de 2013 es algo más grave y peor. El enfrentamiento entre el presidente Salva Kiir y su ex– vicepresidente Rick Machar, iniciado en la capital, ha derivado en pocos días a un conflicto militar que afecta a buena parte del país

Lo que inicialmente parecía una cuestión de rivalidades personales, ha ido adquiriendo, conforme pasaban los días, un cierto carácter, aún confuso, de enfrentamiento étnico, asunto mucho más grave.

Machar lidera una coalición poco sólida de desertores del ejército, algunos grupos étnicos y señores de la guerra, sin otro punto de unión que la oposición al presidente. Dicho en otras palabras, los rebeldes se muestran inexpertos, sin plantear ninguna reforma política, sólo la remoción de una docena de altos cargos.

La guerra, aunque más larga de lo que se esperaba, terminará con toda probabilidad pronto, y con triunfo de los gubernamentales, que van ganando terreno de forma lenta pero continua. Hoy, 13 de enero, cuando esto se escribe, se han reanudado las conversaciones en Adis Abeba, si bien algunos especialistas consideran que la huella que puede dejar la guerra en el país acaso sea más que superficial.

Sudán del Sur está mayoritariamente cubierto por bosques tropicales, pantanos y pastizales. El Nilo Blanco atraviesa el país, pasando por la capital, Juba (que por lo demás no tiene más de 300.000 habitantes). La mitad de las aguas de dicho Nilo Blanco se pierde en los pantanos, en tanto que la vegetación la absorbe y los animales la beben. Esta zona pantanosa, situada en el centro del país, supone significativos recursos para el ganado y los animales salvajes.

Las áreas protegidas albergan algunas de las poblaciones de vida silvestre más espectaculares e importantes de toda África, destacando diversos tipos de antílopes, jirafas, elefantes y leones.

Es uno de los países más pobres del mundo, con la mayoría de su población dedicada a la agricultura y ganadería de subsistencia, pero, aparte de potenciales riquezas minerales, posee ricos pozos de petróleo, que proporcionan más del 98% de los ingresos nacionales.

Tras la independencia, el 85% de ellos quedan en Sudán del Sur, pero, como éste no tiene salida al mar, ha de ser transportado 1.500 Km por un oleoducto hasta las refinerías de Port Sudan, en la costa del Mar Rojo, o sea, en la nación vecina.

Esto plantea el problema del reparto de beneficios. Antes de la independencia, cuando se concedió la autonomía a tres provincias del sur, se acordó el reparto de las utilidades al 50%. Pero más tarde, al revocarse las autonomías, el sistema quedó sin efecto. Hubo fricciones al respecto tras la independencia, pero es seguro que se llegará a un acuerdo firme, pues ambas partes necesitan desesperadamente las rentas del petróleo, que por cierto va en su mayor parte para China.

Sudán del Sur tiene todavía más grupos étnicos, con sus respectivas lenguas, que su vecino del norte, que ya es decir. Las más numerosas son la Dinka (35,8%) y la Nuer (15,6%).

Los idiomas nacionales son el inglés y el árabe (éste con variantes sudanesas). La Constitución considera a todas las lenguas indígenas del país como ‘nacionales’, pero prescribe también que el inglés será el idioma de trabajo, así como el de la educación en todos los niveles. Como detalle curioso, un grupo de unos 600 sudaneses, refugiados en Cuba durante la guerra civil, habla con fluidez el español, siendo conocidos como ‘los cubanos’.

En cuanto a la religión, faltan datos fiables. Se estima que un 70% profesa el cristianismo (36% católicos, 20% miembros de la Iglesia Anglicana del Sudán; el resto, coptos o iglesias protestantes varias). Un 4% profesa el Islam; un 20%, religiones animistas tradicionales.

La población urbana no excede del 18%. La mortalidad materna es la más alta del mundo: 2.054/100.000 nacidos vivos. La tasa de natalidad, 5,54 hijos/mujer. Es un pueblo joven, con una media de edad actual de 16,5 años, y con un índice de crecimiento del 4,23%.


No existen datos disponibles sobre la esperanza de vida. La tasa de alfabetización es del 27%.

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